¿Qué está sucediendo en Calatayud?

No sé si a ustedes les sucede lo mismo que a mí cuando sale a escena el nombre de la D.O. Calatayud. Desconozco si coincidimos en opiniones y juicios pero creo que es de justicia reflexionar acerca del empujón que ha dado tanto la marca genérica, como muchos de sus vinos en los últimos años. A mi me parece asombroso el cambio que ha experimentado así que, como es digno de quitarse el sombrero, démosle una vuelta a lo que le está sucediendo en Calatayud.

He seguido desde hace tiempo los movimientos que se han producido en esta zona, primero por puro placer, porque me tira mucho esa tierra y, segundo, porque como persona involucrada en el sector -por aquello de informar- tengo obligación de hacerlo. Hasta hace cuatro días -y no es un decir- el mensaje que le llegaba al público aragonés era poco más que “es la denominación de origen más joven de Aragón”, mientras la prensa especializada hablaba principalmente del “potencial enológico”. Y dale con el potencial… aquello a mí me sonaba a oso cavernario que no despertaba de su hibernación. Luego, como en tantas otras zonas, también se invocaba a la ansiada locomotora, esa que debía hacer de efecto motriz para el resto.

Ajena -o no- a esos comentarios Calatayud iba a lo suyo, haciendo poco ruido en el mercado natural, consolidándose como una de las zonas del país que mayor porcentaje movía en la exportación e incluso fraguando un escalón superior en la estratificación de sus vinos -¿les suena Calatayud Superior?-. A la chita callando, los elaborados en la D.O. seguían ganándole metros a su carrera de fondo.

Sin embargo, resulta que de golpe y porrazo en Aragón comenzamos a darnos cuenta de lo que está pasando y, por fin, somos conscientes de toda esa evolución y proyección. De repente comienzan a surgir nuevos proyectos, otros clásicos se reinventan, el potencial deja de ser una quimera, la locomotora viaja en alta velocidad y la imagen de Calatayud se plasma en un puñado de vinazos capaces de desenvolverse sobradamente en cualquier escenario.

Así pues, y ahora supongo que sí coincidirán conmigo, la D.O. Calatayud ha evolucionado más en los dos últimos años que en los veinte anteriores. De hecho, en ninguna otra zona aragonesa han aparecido tantas referencias nuevas como las que acaban de surgir en el suelo bilbilitano. Juntas y por separado están contribuyendo a esa limpieza de fachada. Y es que la imagen de una denominación es cosa de sus bodegas… y naturalmente de quienes están detrás.

 

 

New generation

Como decía, el resurgir bilbilitano está apoyado en una serie de vinazos que son los que confirman este momento de cambio.

Algunos proceden de esas bodegas reinventadas. Por ejemplo, la Garnacha Centenaria que elaboran los hermanos Langa. Es una especie de vieja rockera que muestra con muchísimo orgullo lo que puede dar de sí una casta tan arraigada al suelo de Calatayud como es la Garnacha.

Ya si nos metemos en casas de mayor volumen es obvio citar a Bodegas y Viñedos del Jalón. Cuando parecía que su marca estrella ya no daba más de sí dan el campanazo con el lanzamiento del Alto Las Pizarras y arrasan en el mercado internacional. Ahora, para más INRI, cuentan con un catálogo que contempla más referencias “de autor”.

Por último, puesto que de clásicos vamos, lo de Rubén Magallanes, Yolanda Díaz y el resto del equipo de Bodegas San Alejandro también se las trae. Siguen en su afán de abanderar ricas y serias Garnachas y, además de una larga retahíla de tintos, como pueda ser por ejemplo Las Rocas, van y apuestan por un Blanco de Hielo que está que se sale. Eso es adaptación y heterogeneidad.

Luego están los que acaban de surgir en proyectos modestos, de muy poca producción, como puedan ser Samitier, un tinto que aporta lo suyo con diferenciación, personalidad y el garante de su responsable José Antonio Ibarra,  o Lajas, elaborado entre Manuel Castro y Javier Lázaro en la zona de Acered. Allí tienen algunas de las viñas más altas de Aragón –sobrepasan los 1.000 metros sobre el nivel del mar- y eso le aporta cierta notoriedad a cada una de las botellas que salen a la calle.

Sonado fue, por supuesto, el desembarco del mismísimo Norrel Robertson, un Master of Wine que se instaló en Calatayud para alumbrar marcas tan reputadas como Papa Luna, Manga del Brujo o El Puño. El “escocés volante” vio lo que había en esta tierra y no se lo pensó dos veces.

No fue el único proyecto sonado que vino de fuera. Jorge Ordóñez trajo consigo el Atteca Armas que, sin duda, revolucionó la percepción que se tenía de Calatayud. Fue una de aquellas locomotoras y digo una, que no la única.

También han desembarcado otras manos, como las de Raúl Acha y su visión de las Garnachas de España, para poner en valor algo que, incluso, sirve de nombre a una nueva referencia procedente de Calatayud: La Garnacha olvidada de Aragón.

Y Nietro -depende de Alianza de Garapiteros-, como novedad novedosa, es otra de las marcas que deben seguirse de cerca, bien sea en su versión tinta o en el Macabeo de Viñas Viejas.

Con esta retahíla de marcas hagan memoria y díganme sinceramente si Calatayud ha cambiado. Será la más joven de Aragón pero los pasos que está dando por fin van acordes con la edad.

 

Anuncios

2 comentarios en “¿Qué está sucediendo en Calatayud?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s