Cursa Bombers Lleida 2013

Este humilde escribiente no tiene demasiada experiencia en carreras populares, tan sólo la que ha podido adquirir en los dos años y medio que lleva corriendo. Aún así, sin haber visto excesivo mundo, no tiene dudas de que la Cursa de Bombers de Lleida es una de las mejores en las que ha estado.

Acaba de celebrarse la tercera edición y está de sobra consolidada en el calendario catalán. Y es que la del pasado 7 de abril reunió a 2.800 fulanos en la línea de salida. La feria del corredor, la programación infantil y, naturalmente, la propia carrera están a la altura. Muy bien organizada y con detalles que molan (una docena de grupos de percusión repartida en el recorrido, con muchas atenciones al corredor en la línea de meta, un ambiente cojonudo, una treintena de bomberos corriendo con sus equipos de intervención…).

Mi carrera se resume en dos palabras: objetivo cumplido. Quería mejorar los 44´20´´ que tenía en la distancia -10kms- y pude hacerlo. Para un smoke popurruner como yo (porque soy fumador) es más que satisfactorio.

Salí sin reloj porque no quería devanarme los sesos pensando en ritmos y otras historias. Así que muñecas limpias y a mantener un ritmo cómodo que me permitiera dar un último empujón en los kilómetros finales.

Con esa incertidumbre de no saber cómo vas y si serás capaz de seguir, fui recortándole metros al recorrido. Pasé el kilómetro cinco en 21´57´´ así que estaba en mi sitio.

Y al final, después de haber visto a mi familia, que vino a apoyar como siempre, pude darle un poco más de alegría al ritmo para entrar en 43´30´´.

Contento con el resultado y optimista para seguir adelante con las siguientes citas. La próxima, el próximo domingo en Alcañiz donde llevaré el globo de 50´. Ya os contaré.

MARCAS BIZARRAS

Una de las partes más divertidas y extravagantes del vino, curiosamente la que primero salta a la vista, es la marca, el santo y seña visual -y sonoro- que precede, en el mejor de los casos, a un descorche. Hay de todo tipo y el  “vale todo” está a la orden del día.

A la hora de bautizar un producto -alimento, mejor dicho- hay mentes pensantes que, o bien mantienen largos devaneos con la almohada y se dan cabezazos contra ella, o bien buscan a la musa de las ideas tras haberle cogido gustillo al sacacorchos.

Está claro que dar en el clavo con un nombre comercial que atraiga no es tarea sencilla. Que se lo pregunten a los marketinianos que están dale que te pego, nombre arriba, nombre abajo hasta que, por fin, se ilumina la bombilla. Todo son posibilidades hasta que los borradores dejan paso solamente a las ideas más factibles. Luego hay que hacer una nueva criba y ver la viabilidad que puede tener en el mercado, desde el propio registro, hasta la fonética en los países donde se comercialice, por citar solo algunos pasos previos.

Cuando la marca está elegida e impresa en cada botella que sale de la bodega ya es algo público, algo que queda al alcance de cualquiera que la vea en un céntrico escaparate, en un frío lineal de gran superficie o en la estantería de la tienda más chic del planeta. Ya está en la calle y, por lo tanto, es irremediable dar marcha atrás. Y ojo, cada cual bautiza con el patronímico que le da la real gana. Todo es respetable aunque, irremediablemente, hay marcas que de buenas a primeras no pasan desapercibidas.

Me explico. Hay nombres para todos los gustos. Unos hacen mención a un pasado aristocrático -marqués de no se qué, duque de no se cuántos, condado de váyase usted a saber…-; otros se inclinan por aquello que simplemente suena grandioso –castillos, palacios, monasterios, abadías, etcétera-; hay marcas que recuerdan a imperios amasados y dominios de una misma estirpe –haciendas y heredades, sobre todo-; otras referencias que tiran hacia lo poético y lo bucólico  -que si el sueño de uno, que si el alma del otro-; nombres propios –véase fulano de tal-; nombres con reminiscencias latinas, es decir, latinajos, y cómo no, viñas de infinitas nomenclaturas. Como digo, de todo y para todos. Y eso que no están todos los que son.

Sin embargo, independientemente del sentido que tenga una marca, llaman poderosamente la atención las que podríamos amontonar en el grupo “nombres extravagantes”. Y me refiero única y exclusivamente a la marca, no al contenido de la botella. El listado es, por decirlo de alguna manera, insólito.

Tenemos muestras firmadas incluso en esta comunidad que, por aquello de la cotidianeidad, las pasaremos por alto. No obstante ahí están como ejemplo Cojón de Gato, Teta de Vaca Jabalí. A priori son nombres que se alejan de una marca comercial al uso, ¿verdad?. Pues esperen a ver lo que se cuece en el resto del país. Aragón se queda corto.

Nuestros vecinos riojanos tienen marcas tan chocantes como Qué bonito cacareaba, elaborado en Bodegas Benjamín Romeo e ilustrado con un gallo en la etiqueta. Ahora bien, para reforzar la rareza, sonado es también el caso de El Perro Verde, procedente de la D.O. Rueda; o en esa misma zona el Ababol. Telita lo que cambiaría el significado de la palabra si se lo preguntasen a un vecino de mañolandia. En Aragón ababol es flor pero tiene una segunda acepción.

Hay marcas tan de aquí como De Puta Madre, un Vino de la Tierra Castilla y León elaborado en la Bodega Jacques& François Lurton. Y existen otras que van con mensaje incluido, como el riojano Gran Cerdo. Resulta que un bodeguero se acordó del director de una entidad financiera que le denegó un préstamo y voilà, regalito al canto que le envió.

Ahora bien, para regocijarse con marcas bizarras es necesario revisar el mapa mundial. Les aseguro que no hay zonas ni países que no tengan varias referencias desternillantes.

En la región del Véneto, existe un vino espumoso cuyo nombre es Follador. Seguro que en Italia tendrá otro significado pero aquí es bien distinto. El caso es que no es la única referencia subidita de tono porque en California, en el valle de Napa, encontramos Cleavage Creek que, traducido al castellano, significa “escote profundo”. La etiqueta lo deja bien claro.

Uno de los vinos de mayor tirón en la afamada zona de Barosa, en Australia, es Bitch (puta), en cuya contraetiqueta se repite el apelativo meretriciano hasta la saciedad. Por cierto, está elaborado con Garnacha.

La nómina de marcas cachondas es larguísima pero es de justicia mencionar, al menos, a las que, encima, tienen una sensacional acogida en el mercado y arrasan. Véanse los franceses Elephant on a tightrope (elefante en la cuerda), Vin de Merde (no hace falta traducir); el canadiense Blasted Church (maldita iglesia) o el australiano Yelow Tail (cola amarilla), entre otros.

El éxito apabullante de muchas de estas marcas da que pensar porque lo de bautizarlas con nombres tan estrafalarios tiene más de marketing e ingenio que de coña marinera. Lo mejor de todo este asunto es que todas tienen cabida. Otra cosa es que se recuerden por los siglos de los siglos. Como dijo la baronesa de Rotschild “crear una marca es fácil. Lo complicado son los 200 primeros años”.