Los otros

De sobra es sabido que los distintos públicos a los que una bodega echa el anzuelo están perfectamente definidos. Cualquier operación comercial y/o marketiniana -prevista de buen cebo, claro está- tiene como objeto captar la atención de piezas como responsables de tiendas especializadas, grandes superficies, sumilleres, hosteleros, importadores, distribuidores, medios de comunicación y otros peces gordos.

Sin embargo, hay un grupo -probablemente el de captura más compleja- que es el anónimo, el consumidor final. Y dentro de este montón hay un espécimen que escasea en mares, océanos y ríos: el anónimo aficionado.

Es una especie difícil de localizar porque se presenta sólo en contadas ocasiones. Hay que desternillarse para tropezar con alguno pero cuando coincides con un ejemplar de esta especie en extinción te das cuenta de lo que representa el vino para él. Y lo más gordo viene cuando ves que lo hace sólo por afición.

Un servidor conoce a varios que, en oficio, son médicos, trabajan en laboratorios farmacéuticos o se desenvuelven en campos que nada tienen que ver con el sector vinatero. No se dedican profesionalmente a este mundillo y suelen quedar a probar novedades con muchísima frecuencia, tienen nociones de cata que otros profesionales quisieran, leen, viajan, están a la última, dominan geografías y variedades, compran botellas, tienen cavas climatizadas en casa y hasta adquieren guías -son de los pocos que conozco que lo hacen-.

Es una gozada coincidir con personajes de este tipo –yo tengo la suerte de quedar con varios- porque dimensionas la importancia que le dan al vino. Catar con ellos es otro rollo. Solamente les mueve la pasión y no se desgañitan en diseccionar una copa hasta la médula para ver quién sabe más. Tienen una sensibilidad, unas aptitudes y un nivel de conocimiento que roza los límites de la profesionalidad. Saben de lo que hablan y además lo hacen sin la tontería que todavía sigue coleando entre algún que otro entendidillo.

Si hubiese más ejemplares de este tipo otro gallo cantaría. Por desgracia son los otros, los peces que más escasean en un mar en el que, por cierto, parece que nunca llega la calma.

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