Culturilla de salón: la Filoxera

Imagínense que de un día para otro surge, así como si nada, el virus informático más temido y devastador de todos los tiempos. Háganse a la idea de su brutal capacidad aniquiladora y de cómo, impasibles, ni los mejores especialistas del mundo podrían combatirlo. No estaríamos preparados para semejante hecatombe, ¿verdad?.  Según me contaba un amigo informático, que de estos asuntos sabe la tira, el primer virus apareció -o como diría él, se creó- en 1972. Se le bautizó con el nombre de Creeper ya que cuando se metía en las tripas de cualquier ordenador soltaba un mensaje en la pantalla que decía, traducido al castellano, “soy una enredadera, córtame si puedes”. Creeper en cristiano significa planta trepadora.

Ahora que se sabe cómo los virus nacen, crecen, se reproducen y mueren “parece” estar todo más controlado o al menos el mundo entero está prevenido por si llega un gusano de este pelaje. Y fíjense, le vi cierta similitud a estos bichillos tecnológicos con uno que hasta parece tener nombre informático: Dactylosphaera vitifoliae, más conocido como filoxera.

La filoxera no es otra cosa que un insecto que cuando llegó a la viticultura europea la dejó temblando. Menuda la que lió al ver que fuera de casa podía arrasar con todo lo que pillaba. Sin lugar a dudas, el surgimiento de la filoxera cambió los esquemas del vino en el viejo continente y fue el capítulo más triste de cuantos se han escrito en el libro vitivinícola.

El bicho en cuestión es originario de algunas zonas de Estados Unidos y fue examinado por primera vez en 1854. Se alimenta de cualquier planta del género vitis, incluida por supuesto la vinifera, la vid europea, la empleada para confeccionar vino. Casualmente hay cepas que resisten los ataques de la filoxera y otras están absolutamente desprotegidas. ¿Y cuál es una de las más indefensas?, pues imagínenselo. Ahora bien, la que mayor resistencia ofrece es la americana Muscadinia, la vitis rotundifolia. Por eso, en los USA no hubo ningún tipo de plaga ya que allí era inofensiva. Poco podía hacer la filoxera en su lugar de origen ya que, por mucho que insistiese, las cepas de aquellas latitudes ni se canteaban.

Sin embargo, y aquí empezó el cataclismo, una de aquellas cepas americanas infectada aterrizó en invernaderos de Inglaterra e Irlanda en 1863. En Estados Unidos la filoxera era inofensiva pero una vez hallada en Europa causó una desgracia de terribles consecuencias.

Algunos viveristas europeos quisieron ensayar e investigar con vides americanas para combatir así el oidio, un don nadie si lo comparamos con su prima la yanki. Por eso, de la noche a la mañana, trajeron plantas del otro lado del atlántico, con fines experimentales… pero se tornaron en desdicha.

Desde el mismo año de su llegada la cronología destructiva fue la siguiente: viticultores de la Provenza francesa, en Château d´Anguillon, detectan una extraña enfermedad en sus viñas -fue tal la inmediata incidencia en el país vecino que en 1868 se había creado una comisión para su estudio-. En 1878 la filoxera se pulió 1.200.000 hectáreas de viñedo francés. Pero mientras se expandía por Francia, al insecto le dio tiempo de entrar en Portugal (1868), en Alemania (1875) y, cómo no, en nuestro país.

Para entrar en España, en 1878, la filoxera llamó a tres puertas y no a una. Entró por Gerona, Málaga y Orense. En principio fueron tres focos, suficientes como para propagarse por el resto del país salvo Canarias, que quedó al margen de la plaga. La dispersión fue lenta ya que tardó más de 45 años en llegar a las últimas zonas, o sea, Rioja, Cariñena, Jumilla, La Mancha, Requena y Tierra de Barros.

Pero hubo regiones en la piel de toro que salieron, en principio, bien paradas. La Rioja, sin ir más lejos, se aprovechó del destrozo que había causado en Francia porque los galos tuvieron que ir a por vino a otras zonas para amortiguar el vacío que la filoxera había dejado en su país. La Rioja en dos décadas duplicó su viñedo, casi nada, pero el insecto maligno también llegó al viñedo riojano. Y lo hizo con fuerza, llevándose miles de hectáreas por delante en diez años.

Ejemplos como el riojano los encontramos muy cerca de aquí, en una zona que mucho tuvo que ver con la lucha filoxérica. Aquellos compradores franceses también llegaron a Cariñena, lo cual favoreció una importante actividad mercantil y, sobre todo, científica. De hecho, esta zona fue la que mejor se preparó contra la plaga y supuso el kilómetro cero para la recuperación del viñedo español. De Cariñena salieron las estacas para replantar en otras zonas vinícolas del país. Aquel esfuerzo le valió, en 1909 y por parte de Alfonso XIII, el título de ciudad. Al monarca se le agradeció el gesto con una fuente de la que manaba vino, la misma que todavía hoy tiñe de rojo picota la Fiesta de la Vendimia.

Como los grandes males se combaten con grandes remedios fueron los americanos los que aportaron soluciones para lidiar con la filoxera. Científicos made in USA vieron que las vides sensibles al bicho eran europeas en pie franco, es decir, manteniendo sus propias raíces. ¿Y qué hicieron? pues injertar viníferas sobre pies -o raíces- americanas ya que a éstas la filoxera no les afectaba lo más mínimo.

Con esa solución, vigente en cada cepa actual, la filoxera pasó a mejor vida. Destrozó el viñedo pero éste se recuperó. Ahora, los bandazos que le llegan al sector no están en las raíces… aunque de esta también se saldrá porque el las gentes del vino tiene antivirus para todo.

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