Trail Valle de Tena

Como dice mi amigo Iván, “llevo el cuerpo que si tuviese que donarlo ahora a la ciencia, lo utilizarían para calzar mesas”. Jodo. El mío, hasta hace un par de días, estaba resentido del palizón que supuso hacer el Trail Valle de Tena.

Suponía que iba a ser una carrera dura. Lo fue. Sabía que marcharía por rincones alucinantes. Marchó. Intuía que sería muy emocionante y ahí es donde me quedé corto. Hasta la fecha ha sido la prueba que más me ha conmovido por el esfuerzo que me exigió, por la vinculación emocional que tengo con esas montañas y por la compañía esperada e inesperada. No era un simple trail, como tampoco transcurrió por un valle cualquiera.

Servidor, que prefiere la emoción a las reglas correctas –esta frase es de Juan Gris-, ha escogido el trail running porque a veces, como el pasado 29 de agosto, puedes llegar a sentirte vencido e invencible al mismo tiempo. Este deporte, aun en mi modesto nivel de mediocre popular, permite experimentar una serie de vivencias que de intensas que son se convierten en imborrables. Las últimas tuvieron lugar allí, en el Trail Valle de Tena.

TVT 47kms y 3.300 MD+

Después de alojarnos en el hotel, recoger el dorsal y colocarnos la calca en el antebrazo nos fuimos a cervecear un ratico. En la zona de salida/meta había un ambientazo cojonudo y, poco a poco, fuimos topándonos con un montón de amigos y demás gente de bien.

La cena fue súper amena porque en la misma mesa coincidimos Miguel Ángel, con quien iba a correr “la corta” –manda cojones llamar corta a una distancia de 47kms y 3.300 mts positivos-, Pablo, que se decantó por la larga –esa sí que está bien denominada- y su santa esposa Piluca. Risas nerviosas, nervios entre risas, previsiones y a dormir, que había que madrugar… mucho.

A las 05h, antes de desayunar, fuimos a despedir a Pablo, que iniciaba su particular lucha contra los 78kms y 6.700mts positivos de “la larga”. Horas más tarde nos enteramos con rabia de su retirada por un problema en la pierna –tenéis su crónica en http://www.unoquecorre.com-.

Hora y media más tarde Miguel Ángel y yo cogimos el autobús que nos iba a dejar en el Balneario de Panticosa. Ahí empezaba la nuestra. Cafés, pises, nervios y nuevamente caras conocidas que se agolpaban en la línea de salida. Mar y Pablo querían llevar su ritmo así que fue verlos y despedirlos inmediatamente. También había venido Daniel, compi de mis dos Jorgeadas, pero nos descolgamos de él en las primeras rampas. Es un tipo formidable.

Subimos como un tiro a Bachimaña, continuamos hasta los Ibones Azules a buen ritmo, iniciamos la subida hacia el collado de Tebarray y, héte aquí, aparece mi hermano para darme un abrazo que casi me tira. Cuánto quiero a este ser, copón!!!. Anduvimos un rato con él, que se marchó a la cima del Tebarray, y Miguel Ángel y yo pusimos la directa hacia el refugio de Respumoso (km 15). La verdad es que hasta ese avituallamiento las sensaciones eran inmejorables. Y el tiempo (3h35min) mejor de lo previsto.

Tocaba afrontar la subida al Collado de Musales y llevábamos un ritmo de puta madre. Madre qué bien. Hasta arriba sin reblar, tocar chufa y a bajar 1.300 metros de desnivel hasta La Sarra… el siguiente objetivo. El final de aquel descenso me pasó factura. Además se me rompió un bastón. Llegué al avituallamiento (km 25) con las rodillas bastante tocadas pero comí bien, bebí mucho, fui a que me echaran reflex, charramos con los Andarines de Aragón y continuamos.

La subida al Collado de la Foratata fue desastrosa. Miguel Ángel y yo nos cruzamos con varios corredores que se daban la vuelta. Unos por molestias, otros por desgaste y otros por verse impotentes frente a lo que quedaba todavía por delante. Eran auténticos titanes. Y pensaba “si estos tipos abandonan, dónde vas tú, Navascués”. Mi compi y amigo no dejó de animarme en los momentos más bajos e hizo que todo pensamiento de retirada se esfumase inmediatamente.

No hice corto de líquidos, subí a duras penas y los repechos me provocaban un sofoco como ninguno en mi vida. Miguel Ángel iba más fuerte y, aunque con cierta distancia, no se marchaba. Seguía animándome… “no pares, no pares”. Durante el descenso a Sallent nos adelantaron los tres primeros de la distancia larga… jodo cómo iba esa gente. Ya por fin llegamos al último avituallamiento. Era el kilómetro 38 y llevábamos 09h38min de carrera.

Arroz, no sé cuántos litros de líquido, fruta y a por el último sector. Ahí estaba a lo walking dead. Tocaba subir hasta las antenas y en las primeras lazadas Miguel Ángel, con buen criterio, se marchó. Se había dosificado mejor y está mucho más fuerte. Así que sólo, reventado y con un bastón continué dando pasos. Hasta que se presentó Carlos. Alegría y euforia pero igual de jodido, porque no podía correr y andar, por momentos, era un auténtico calvario. Último punto de control, buena pista, senda por un bosque de cuento y, segunda aparición en carrera: el amigo Juan Luis también quería sumarse a los últimos kilómetros. Mientras les daba las gracias a ambos por escoltarme experimenté momentos súper contradictorios. A ratos lloraba, otros sonreía; a veces hablaba, a veces no; picos de euforia y seguidamente bajones terribles. “¿Dónde están las putas casas del pueblo, Carlos?”. Al final, ni composturas, ni educación, ni hostias. Quería llegar.

Habían transcurrido 12 horas y 46 minutos desde que salimos del balneario. Después de un parpadeo difuminado estaba cruzando uno de los arcos de meta más emotivos de mi vida. Pensaba que estaba muerto… pero no. Satisfecho, orgulloso, perfectamente acompañado, con ganas de vacilar incluso al speaker, recibiendo mensajes de familia y amigos, con las piernas rotas y con lágrimas de emoción… eso es lo que os decía antes: eso es sentirte vencido e invencible al mismo tiempo.

P.D.- las imágenes son y fueron tomadas por Jorge García- Dihinx, de lameteoqueviene

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42.195 decibelios

Pues ya estamos liados otra vez, preparados para darle al aparato que transforma las ondas sonoras en corrientes eléctricas para su amplificación. Sí… vá… hey… probando… probando.

Sorpresa y sobre todo alegría la mía al confirmar que este año estaré en el Maratón de Zaragoza ejerciendo de conductor, locutor, hablante, orador… de speaker, vaya. Al final, como dice mi colega David “Corredores del Ebro” Sánchez, con la excusa no voy a correr… y no le falta razón. No pensaba hacerla por celebrarse el fin de semana anterior a la Ultra Trail Guara Somontano -39 días faltan para los 102kms y 6.000 metros de desnivel… copón qué miedo- y no es plan sacudirse un maratón el domingo y seis días más tarde correr una ultra.

Todo surgió cuando me ofrecí voluntario a la organización de la prueba. Me daba igual repartir agua en los avituallamientos, dar dorsales, montar vallas o inflar el arco de meta a pulmón abierto. Entiendo que el auge del running también necesita de cierto apoyo para hacer que las pruebas salgan adelante y eso también es cosa del voluntariado. Quería echar una mano y, mira tú por dónde, me dicen si quiero ser el speaker. Jodo. Tardé un segundo y medio en decir que sí. Porque es mi ciudad, porque es la distancia mítica y porque el recuerdo del Gran Trail Trangoworld Aneto- Posets perdura con mucha intensidad todavía.

Así que el día 27 de septiembre, a partir de las 08h, estaré en la Plaza del Pilar micrófono en mano para informar, animar, despedir y recibir a los corredores… que se barruntan por miles –tanto en el maratón, como en el 10k que se celebra paralelamente-. Mientras haya cuerdas vocales habrá speaker, que está muy orgulloso y agradecido.

Es importante dormir bien…

La meta de 2013 en la distancia 37k

Escribía en este mismo blog, a mediados de julio, que me quedaban 79 días de miedo. Eran las jornadas que, por aquel entonces, restaban para la Ultra Trail Guara Somontano. Ahora, sin embargo, sólo quedan 45 y mientras el calendario lleva su marcha –a veces con sensación de demasiada celeridad- el pánico se está amplificando hasta quitarme el sueño. ¡¡¡Con lo bien que duermo cuando duermo bien!!!.

Lo que marqué como propósitos de cambio siguen siendo eso, intenciones… pero no se materializan. Eso me está jodiendo vivo por no ponerme las pilas de manera inmediata -aunque sé que por mucho que haga llego tarde-.

No sé lo que es continuidad en los trotes, que no entrenamientos. La alimentación sigue siendo mierdosa. El gimnasio hace días que no lo piso. Las excusas imperan siempre. La motivación desapareció. La apatía manda. Por lo tanto, ¿qué napias hago?, ¿es una temeridad intentarlo o por el contrario lo más sensato es apearse?. Ni idea sobre cómo afrontar esta recta final. Imagino que cambiando radicalmente de actitud… aunque sea por las noches.

Aquí la agónica de 2014 en la versión 50k

A veces, cuando duermo bien, manan imágenes de esfuerzo, de sacrificio, de dolor, de acojono, de calma intensa, de fallecimiento y posterior renacimiento, de superación y finalmente de consecución. “Aunque sea hazlo andando Navascués, me cagüen la puta, que para eso te ganas la vida chino- chano”. Eso me repito constantemente.

Siempre he pensado que en esto de corretear, el 40% es cuerpo y el resto cuestión de cabeza. Pero claro, en 102 kilómetros todo debe acompañar, desde las rodillas, hasta la cordura. Quiero pensar que el cuerpo obedecerá las órdenes que le envíe el cerebro. El año pasado lo hizo -aunque fuese la mitad de distancia y tres veces menos de tiempo- y confío en que, dentro de 45 días, pase lo que quiero que suceda. Además hay un aliciente -ya os lo contaré en otro momento- que contribuirá a seguir en carrera hasta pisar la moqueta de Alquézar. Habrá que terminar cueste lo que cueste… copón!!!. A ver si de una vez por todas el propósito se convierte en fin. O en meta, mejor dicho.

Un GTAP apasionante

Tenía previsto hacerlo sí o sí pero volvía súper ilusionado a Benasque, con una motivación extra. La organización del Gran Trail Trangoworld Aneto- Posets me había propuesto hacer de speaker en una prueba que descubrí el año pasado y me alucinó.

Varios amigos –de los buenos- querían correr su primera carrera por montaña y se habían inscrito semanas antes a la distancia más modesta. Pero lo que dije durante el rollo interminable que solté en la línea de meta: cualquier recorrido merece todos mis respetos. Tanto mérito tiene quien se prepara una ultra, como el que se inicia y decide coger el toro por los cuernos colocándose por vez primera un dorsal. Así que, queridos míos, ¡¡¡felicidades por lo que firmasteis!!!. En principio la intención era acompañar a mis friends durante todo el fin de semana pero claro, la encomienda microfonada también mediaba. De qué manera, además.

La noche del viernes prometía…

Había que darle el pistoletazo al Gran Trail, la prueba reina, la que más expectación despierta. ¡¡¡Buf, qué momento!!!. Fue mucho más intenso y emocionante que la de 2014. Y es que además de zambullirme en un ambiente acojonantemente emotivo, tenía el honor de iniciar la cuenta atrás y de decirles a los 300 ultrafondistas que hiciesen el favor de mantenerse despiertos. Porque sólo alcanzan los sueños los que, cuando llega la hora, saben estar despiertos. ¡¡¡10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1… infinito!!!. Hay que estar allí para vivir algo tan fugazmente intenso. Una pasada.

Los corredores se marcharon y los cientos de personas que estábamos en la Avenida de los Tilos nos fuimos retirando poco a poco –unos a casa y otros a tomar unas gotetas por su sitio-.

Amaneció el sábado…

Mañana relajada y entretenida viendo el ambientazo que había en Benasque. Todo muy tranquilo y cordial hasta que el reloj marcó las 13:15 horas. En ese preciso instante nuestro amigo Pablo Franco (www.unoquecorre.com), que estaba haciendo la GT de 109kms y 7.000mts+, entró en el pueblo tras haber culminado el primer bucle. Hostias qué momento. Fue verlo y salir pitando con él unos metros. Me dijo que tenía mucho sueño y que le rondaba la idea de abandonar. Todos mis ánimos fueron para él y os aseguro que se me cayeron unas lagrimillas cuando lo vi marchar hacia el siguiente avituallamiento. 14 horas más tarde, es decir, a las 3 de la madrugada, entraría en meta casi sin fuerzas pero, como recoge en su crónica, “tocaba el cielo”.

A eso de las 14:00h del sábado fui a cogerle el testigo a Toñín Laguarta, también speaker de la carrera; un tipo que derrocha buen rollo incesantemente. Desde ese momento y hasta las 22:00h fue un sin parar. Recibir a los vencedores de las pruebas que estaban en marcha, charrar unos minutos con el mismísimo Luis Alberto Hernando, animar a los de la GT que iniciaban el segundo tramo de la prueba, entrevistar a todo cristo, contar anécdotas y datos curiosos de la logística que conlleva una prueba de estas dimensiones, felicitar a amigos y conocidos que terminaban –véanse José Fabana, Roberto González, los Corredores del Ebro y la cuadrillita buena de Muel, entre otros- … yo que sé lo que pude largar en ocho horas seguidas.

Fue una tarde intensa e irrepetible. Lo que más me impactó fueron los momentos emotivos que se concentran en la meta. Gente que entra fundida y tan sólo reserva fuerzas para levantar los brazos; otros que dan los últimos pasos acompañados de familiares; otros que por el mero hecho de acabar lloran desconsoladamente… hubo momentos en los que tuve que alejarme porque soy de lágrima fácil y me contagio rápidamente de esa emoción.

Volvió Toñín a por el micrófono y servidor se marchó a dormir porque al día siguiente debía estar en Panticosa a primera hora.

Llegó también el domingo…

Mientras conducía temprano –disculpen mi imprudencia, señores agentes- estuve muy pendiente de mis compis, que salían a las 09:00h para darle la vuelta al Molino de Cerler. Whatsaps a fuego de júbilo porque todos hicieron lo que tenían previsto hacer. ¡¡¡Qué bien saben las alegrías cuando son compartidas por gente que quieres!!!.

Correr no es sólo encadenar zancadas. Va mucho más allá. En este caso puedes incluso llegar a percibir las sensaciones que tienen 2.700 tipos que han invertido horas y horas de su tiempo para afrontar unos recorridos que asustan y emocionan al mismo tiempo. Todo eso se percibe en la línea de meta. Por eso el privilegio de poder contarlo en voz alta es lo que hace que el Gran Trail Trangoworld Aneto- Posets sea, desde hoy mismo, mucho más que una carrera por montaña. Al menos para mi.

Cartas (y no precisamente de amor)

Se sigue viendo cada gazapo en determinadas cartas que a uno, que siente cierta predilección por el vino, se le llevan los demonios. Ya no lo digo por apartados en los que se mezclan churras con merinas o por las alucinógenas faltas de ortografía, que también. Lo digo por errores de base, por estar mal construidas desde el principio.

No se trata de tener una retahíla interminable de referencias, sobre todo si se trata de vinos de segmento alto porque esos, pobrecicos, se mueven poquito últimamente. Desde mi modesta opinión debe primar la selección, vinos que tengan buena rotación y que, además, estén acorde con la oferta gastronómica del establecimiento. A partir de ahí, las zonas, tipos, variedades y demás están regidas por las perricas, el espacio y la estima que el restaurante le tenga al vino.

Ahora bien, elegidas las referencias, siguiendo una estructura sencilla -blancos, rosados, tintos, espumosos y dulces, con las subdivisiones que cada cual quiera- ojito con la información que se ofrece. Quizá por ser demasiado conformista a mí me sirve con zona, marca, tipo de vino, variedades y meses de barrica. Punto. Porque cuando empiezan ya a ponerse parrafadas infinitas me pongo malo. ¿A alguien le siguen importando las calificaciones de las añadas?. Pues con las tontadas que se suelen decir de un vino lo mismo. O con la ausencia de información, que para el caso patatas. Tanto apaleo merece un “este vino encierra la esencia de aires y aguas puras, de bosques nativos y su fauna” que un “tinto elaborado con las mejores variedades de nuestros viñedos más especiales”. En ambos casos no se dice nada.

Una carta con zonas conocidas y otras que sean capaces de sorprender; vinos de la tierra -no solo denominaciones de origen-; vinos que diferencien al propio local; recomendaciones puntuales; cortes clásicos y modernos; medias botellas, servicio por copas… todo eso debería tener una correcta carta de vinos. Y ya, si se revisa un par de veces al año y los precios son justos y contenidos, no os quiero ni contar.

79 días de miedo

Falta muy poco tiempo para octubre. Quizá para otra gente el décimo mes del año está #ATPC pero a este servidor le empiezan a intimidar el calendario… porque lo ve a la vuelta de la esquina. El tercer día de octubre se celebrará una nueva edición de la Ultra Trail Guara Somontano y ese día supondrá mi primera vez en el intento, que la consecución no está garantizada. Y claro, pánico es poco.

A los miedos propios que le surgen a quienes se plantean un reto de semejante calibre –menos a unoquecorre.com, que es un fuera de serie- se unen los míos, que pasan por llevar una mochileta de cuatro kilos en la tripa –no paro de engordar aunque poco hago por remediarlo-, la continuidad en los entrenamientos es horrible, hago muchísimos menos kilómetros de los que debiera y, además, sigo sin verme capaz.

Para tomar cartas en el asunto he empezado a ir al gym y Óscar, el entrenador boss, está muy pendiente. Sabe que tiene tres meses para hacer lo imposible y, al menos él, no tira la toalla. Con él y por mi cuenta llega el momento de ganar confianza, de aplicarse al máximo y de empezar a pensar en una meta aunque sea inalcanzable por ahora. Todo se andará.

La prueba de fuego previa a la UTGS llegará el último fin de semana de agosto. A pesar de su dureza le tengo muchísimas ganas al Trail Valle de Tena, porque discurre por un terreno precioso que he pateado alguna que otra vez. En este caso no acojonan los 44kms ni los 3.300 metros de desnivel positivo porque iré al trantran, más tirando como marcha senderista que como carrera trailrunnera. Me apetece mucho corretear por un valle que representa mucho en mi vida porque muchos de los mejores momentos que he vivido se localizan allí. Será jodido, ¿eh?, que el granito, la altitud y un perfil súper exigente me pondrán rápidamente en mi sitio. Pero saldrá todo bien… no hay plan b.

A veces me pregunto por qué hostias me meto en embarcadas de este tipo si luego no pongo toda la carne en el asador. Sin embargo en ocasiones, como dije, sueño que consigo cruzar la meta. El tiempo asusta, no creo que llegue todo lo preparado que a mí me gustaría, pero tampoco es cuestión de tirar la toalla a falta de 79 días.

Me cagüen su vida… ¡¡¡si estoy contando ya las jornadas que quedan!!!.

P.D.- Quizá no sólo vaya a correr a Guara… aunque por ahora eso es un secreto.

Defectos que afectan

En ocasiones, al descorchar una botella, podemos pegarnos unos sustos que fluctúan entre el “tranquilos, que tampoco es para tanto” y el “pa habernos matao”. Hay vinos con benditas virtudes pero también con defectos –aunque no tener virtud puede considerarse defecto, digo yo-. Puesto que no me había dado por ahí comparto algunos de los más frecuentes.

No es cuestión de indagar en el origen de cada uno porque nos meteríamos en un terreno técnico y farragoso que dista mucho de la filosofía de este espacio. En vez de divagar sobre si procede de la uva, de la elaboración o de la santísima concepción es preferible centrarse en los que encontramos con más frecuencia al abrir una botella, sin más.

Uno de los más habituales es el denominado “corcho”. Cuando la nariz de un vino nos recuerda a moho y, sobre todo, a cartón mojado, tenemos un problema de contaminación del tapón utilizado. El responsable es el TCA (tricloroanisol). Si el corcho no ha sido tratado debidamente o si la botella no se ha conservado en las debidas condiciones encontramos este característico olor que afecta también a la boca, porque se queda totalmente anulada, sin fruta y con un gusto amargo que tumba. Ahora bien, si escucháis a alguien hablar de “corcho” cuando la botella está tapada con uno sintético lo mandáis a escaparrar. Sólo sucede en los que vienen del alcornoque y el polipropileno no ha visto un árbol en su vida.

Seguramente también habréis encontrado unos pequeños cristalitos pegados al corcho o depositados en el fondo de la botella, ¿verdad?. Incluso alguno habrá dicho que eran los famosos “posos” del vino, aunque no tienen nada que ver. No hay que tenerles miedo porque son inocuos. Ni le afectan al vino ni a quien lo toma. Pero claro, no quedan bien. Os aseguro que esos cristales, en una botella de cierta billetada, te los comes como si fueran chucherías. Este defecto en cuestión se debe a que el vino no se ha estabilizado bien. Es por tanto problema en la elaboración, concretamente del ácido tartárico. Se cristaliza y por eso adopta esas formas que, repito, no son perjudiciales ya que ese compuesto está en la uva de manera natural. No afecta ni a la fase olfativa, ni a la gustativa pero visualmente no mola.

Y ¿a que también habéis escuchado el término “oxidado”?. Es un viejo rockero que sigue dando guerra. Cuando el vino ha estado en contacto demasiado tiempo con el oxígeno, bien sea en la elaboración o en el embotellado, se ve afectado y de qué manera porque repercute en el color, en el aroma y en la boca. Es por tanto uno de los males más letales del vino. Qué curioso, ¿eh?. El oxígeno en determinadas fases le da la vida y en otras se la quita. El color cambia completamente, la fruta desaparece dando paso a humedad y a matices enranciados, y la boca pierde acidez y frescura al tiempo que la sequedad anulando cualquier virtud.

El denominado “sulfuroso” es otro defecto muy común. ¿Cuándo lo identificaremos?, pues cuando llevemos la copa a la nariz y nos recuerde el olor que desprende una cerilla nada más apagarla. ¿A que no les resulta extraño?. Lo mismo que en boca, porque el líquido se convierte en algo seco, picante, casi amargo…

Todo se debe al dióxido de azufre, muy utilizado en la elaboración para prevenir la oxidación y para estabilizar el vino. Cuando a uno se le va la mano con la cantidad es cuando se apodera de él por completo. Error humano por lo tanto.

Por último, aunque haya otras muchas alteraciones, he querido rescatar a unas inesperadas burbujas que aparecen en la copa cuando ni tenemos espumosos, ni vinos de aguja. ¿Por qué las encontramos entonces en los vinos tranquilos?. Se debe a que se ha producido una segunda fermentación no intencionada. Además del desprendimiento, también el líquido es mucho más turbio. Estas bacterias y levaduras… hay veces que la lían pero bien. Y eso que, al igual que los cristales, no le afecta para nada a que disfrutemos del vino… porque ni vamos a enfermar, ni nada por el estilo.

Si os encontráis con alguno de estos fallos, dios quiera que sea en un restaurante –en casa estás muerto porque te la envainas literalmente-. El cliente devolverá la botella y el hostelero se la reclamará al distribuidor para que la reponga. Ahora bien, ojito con los rechazos porque muchas veces el feligrés toca pelotas devuelve las botellas por antojo o simplemente porque es gilipollas.

Me voy a hacer submarinista

No soy mucho de playa –prefiero la montaña- pero creo que estas vacaciones voy a aficionarme al submarinismo. Ya lo creo que sí. Al mar lo justo, que le tengo demasiado respeto, pero claro, sabiendo que hay bodegas que dejan envejecer sus botellas en el fondo pues lo mismo me empecino y me sumerjo a lo loco.

Resulta que, según dicen, el mar es un medio cojonudo para que envejezca el vino porque ofrece temperatura y presión del agua constante, escaso movimiento, salinidad y ausencia de luz y ruido. Además la evolución es muy lenta. Eso bien lo saben algunas firmas nacionales con sus vinos submarinos.

Bodegas Luis Pérez (Cádiz) elabora un monovarietal de Tintilla que posteriormente permanece doce meses bajo el agua, a una profundidad de 12 metros y a una temperatura constante de 14ºC. Se sumerge en ánforas de 75 centilitros y luego llegan al punto de venta a un precio de unos 200€. ¿Mola, eh?. Pues no tiene la exclusividad de este proceso porque hay más bodegas que aprovechan el fondo marino.

Las Bodegas Enrique Mendoza (Alicante), a través del proyecto Vina Maris, van más allá. Además de envejecer dos vinos a 25 metros de profundidad en el Mediterráneo organizan visitas guiadas hasta las jaulas de acero donde reposan las botellas. Eso sí, hay que tener un certificado porque cualquiera no puede sumergirse. ¿Veis por qué lo de aficionarme inmediatamente al submarinismo?. Luego, para rematar la experiencia, está la posibilidad de descorchar las botellas recién salidas a la superficie en un catamarán. Olé.

Por último, Vinos Tendal (La Palma) lleva investigando siete años la crianza del vino sin utilizar barricas de roble. Por eso, en colaboración con el Club de Buceo Cueva Bonita, tienen unas cuantas botellas bajo el agua. Bueno, algo más de unas cuantas… 90.000 al año. Además, el medio marino no se ve afectado porque es tremendamente respetuoso tanto por los materiales, como por las técnicas utilizadas.

Total, que muy pronto nos vemos bajo el agua. No estaré buscando a Nemo, mejor unas cuantas botellas.

Vamos de Garnacha

¿Será posible que muchos todavía sigan asociando a la Garnacha como una uva de moda?… cagüendioro… ¿acaso no ha dejado claro, hace tiempo además, que no es una mera tendencia?. La más ilustre de nuestros viñedos tiene motivos más que suficientes como para hacer lo que está haciendo. Y no es otra cosa que destacar y abanderar unos vinos patrios que en todo momento dejan claro quiénes son y de dónde vienen.

Muchos de vosotros -incluido yo- conocéis el resultado, el producto acabado. Sin embargo mimarla, elaborarla y resaltar toda su dignidad es menester de quienes curran en el campo y en la bodega. Nosotros, los consumidores, damos cuenta de esas labores en cada descorche –alguno más afortunado que otro- pero os aseguro que no es ni mucho menos un simple proceso de cultivo y vinificación.

Si preguntásemos cuáles son las virtudes que posee esta variedad, muchos de nuestros viticultores coincidirían en un término: la adaptación. Es una uva que soporta bien la sequía, el calor y el viento, y que además siempre ha estado aquí, en Aragón. De hecho, cuando nadie la quería la asociaban con esta tierra y ahora muchas otras regiones se atribuyen su patria potestad. Dicen los expertos, que en suelos de baja y media fertilidad, con plantaciones de cierta edad y escaso rendimiento, la Garnacha se muestra con gran personalidad.

Sin embargo, a la hora de hablar con los enólogos, nos dirían que el principal inconveniente que muestra a la hora de elaborarla son sus exigencias. Para su correcto desarrollo pide que la climatología sea generosa todos los años y que debe salirle todo bien para mostrar bien su esplendor. Tanto en la viña como en la bodega hay que conocerla. Eso, por fortuna, es algo que ha cambiado sistemáticamente con el paso del tiempo. Antes había menos medios y menos conocimiento. Y si no recordad la imagen que transmitía esta cepa: tenía fama de vinos pesados, excesivo alcohol, oxidativos y otros piropos poco favorecedores. Paradójicamente, esos vinos aragoneses de Garnacha, con las supuestas características negativas que alguien les atribuía, eran solicitados y se vendían con facilidad a precios razonables. Estos vinos de alto grado de alcohol, glicéricos y, a veces, con restos de azúcar, los hacían deseados para mejorar otras mezclas. Sin embargo, el cambio en los hábitos de consumo y estilos de vino ha sido importante. Ahora la Garnacha triunfa. Y que Aragón se asocie irremediablemente a esta casta es algo que prestigia, acredita y ubica a nuestros vinos. Tenemos grandísimos vinos y por eso hoy recibe los piropos que antes fueron silbidos. Eso es cojonudo, señor@s.

En una conversación reciente, en un grupillo formado por gentes de la cuerda, le pregunté a un enólogo por qué estaba triunfando actualmente. Me dijo que las prácticas de cultivo en los viñedos van dirigidas a obtener diferentes uvas, que permitan elaborar distintos tipos de vino de calidad. Que las bodegas que están dotadas de las instalaciones pertinentes permiten adaptar los procesos necesarios de elaboración, pensando siempre en lo mejor para la uva y el futuro vino. Mencionó, cómo no, la alta cualificación técnica de los equipos humanos en bodegas y viñedos. Como técnico también habló del posicionamiento en los mercados de vinos de Garnacha de corte actual. Son vinos mejor hechos: frutales, frescos, vivos, de colores atractivos y con buenas condiciones para la crianza. Vinos con cuerpo y personalidad sin perder elegancia.

Un periodista especializado que estaba en el grupo destacó también el descubrimiento y la difusión de las características propias de la Garnacha por parte de líderes de opinión reconocidos mundialmente. Eso ha contribuido favorablemente al conocimiento y a la demanda de estos tintos. Si no basta con revisar las páginas –y los minutos- que sigue generando Aragón en lo que a monovarietales garnacheros se refiere.

Está claro que para quienes la trabajan no es una variedad fácil. Sin embargo, para todos aquellos que solemos rendirle pleitesía en cada sorbo la interpretación es distinta. No entramos en densidades de plantación, ni en roducciones o métodos de elaboración. Simplemente la tomamos, disfrutamos y, lo mejor de todo, es que la compartimos con otros semejantes que comparten opinión: la Garnacha es de aquí; aquí es donde mejor se la conoce; se conoce Aragón en buena parte gracias a ella; y ella es la que nos devuelve el favor con vinos absolutamente fascinantes.